Tomar consciencia de las actuales problemáticas socioambientales a nivel local y planetario me incita a contextualizar mis proyectos en relación al territorio. Durante su desarrollo indago en parajes socialmente aceptados como «naturales», rondándolos con el objetivo de comprender lo que se cita como «naturaleza», respecto a mi relación con ella a través de la experiencia. A partir de aquí, desarrollo una estructura de trabajo relacionada con la manera de proceder de dos figuras decimonónicas en las que estoy interesada: la del naturalista y la del detective. Ambos roles determinados por el contexto histórico y la forma en la que sus identidades y procedimientos han llegado hasta nosotros. De este modo, pretendo poner en diálogo mi trabajo con las tendencias artísticas contemporáneas, que en mi caso constituyen un espacio multidisciplinar capaz de favorecer la iteración de variadas formas de actuación.

 

Concibo la práctica artística como un medio de acceso al conocimiento apoyado en la realización de trabajos de campo y procesos de exploración y estudio. Ambos procedimientos son utilizados constantemente durante el desarrollo de los proyectos y constituyen el soporte de trabajo sobre el que construyo conjeturas y figuraciones que posteriormente se proyectarán en instalaciones. Por un lado, el trabajo de campo consiste en hacer recorridos y derivas por entornos socialmente aceptados como «naturales», tales como barrancos, pinares, extensiones de laurisilva o monteverde y costas. Mientras los procesos de estudio, aluden al establecimiento de técnicas de atención y reflexión destinadas a conocer y comprender qué acontece en un espacio determinado -ya sea de orden físico, teórico, o formal. Normalmente, estos procesos adquieren una dimensión más abstracta que la anterior.

 

Andar, caminar, recorrer… rondar, me permite acceder de una manera pormenorizada a la estructura de un espacio. Pero además, este acto de merodear surge de una necesidad individual, salir de la ciudad, para ser consciente, para transcender la misma urbe a través de la experiencia empírica de lo otro. Así, como el flâneur o paseante de Baudelaire se interesó por ocupar el espacio urbano, con el objetivo común de entenderlo. La deriva como práctica artística, me lleva a habitar un lugar natural, pero también a su apropiación; a crear un espacio de disociación entre este y el ritmo acelerado de los núcleos poblacionales; a romper rutas cotidianas y rutinarias, a dedicarme a pasear de forma lúdica y, así, establecer un vínculo con estos espacios y con el acto de derivar generado entre finales de los 50 y principios de los 70 por el movimiento situacionista.